La mesa Dolce Vita es una detención ante el objeto cotidiano. Su ingenio reside en la geometría de sus apoyos: barras que abandonan la trayectoria coplanar para voluminizar cada elemento, otorgando al soporte una profundidad tridimensional que dialoga con el vacío. Es un cuerpo que se descubre en el despliegue de su estructura, dejando entrever cómo el rigor del cálculo y la levedad del diseño se toman de la mano.
Recibimos este objeto como quien recibe una pausa. El reverso de la mesa corresponde a la dimensión espacial de sus patas, donde el quiebre de los planos genera un espesor que no pesa, sino que arma el lugar. Exponer la pieza es hacer presente el plano que da continuidad a la reunión, para que el diseño conforme un corpus; es decir, el soporte sostenido de un encuentro que ahora adquiere volumen.
¿Cuál es la forma del montaje? Aquella que permite la simultaneidad entre la arista y el espacio, entre la línea que recorre el aire y la superficie que lo habita. La forma del equilibrio en virtud de la tridimensionalidad revelada.